DESAYUNO CON ALICIA

Nunca se es lo suficientemente grande para disfrutar de “Alicia en el país de las Maravillas”.

Estos días que las almas han pululado a sus anchas por doquier, Alicia la ha visitado.

Ella nunca entendió el cuento, lo leyó infinidad de veces, es más, se le atragantó. Lo encontraba absurdo, sin sentido, incoherente. Le gustaba las historias convencionales. Incluso los personajes le parecían locos y le caían mal. Considera que es un buen momento, aprovechando su visita para hacerle unas cuantas preguntas.

Alicia aparece en el jardín, la encuentra jugando con sus perros, Holly y Wood no la extrañan, le hincan las narizotas allá donde traspasa el respeto. Holly alza las patas para abrazarla y emite gorgoritos imitando decir Hola, Wood se refriega por sus faldas como si fuera un gato y Bella quiere llegar y saludar con el mismo ímpetu, su pequeña estatura le hace sacar otros dotes para llamar su atención, con andares zalameros le muestra el hueco que ha cavado en la tierra, ese donde oculta sus juguetes y por donde cabe entera para zambullirse y ocultarse de las otras dos fieras. Igual le sirve a Alicia para pasar al otro lado del cuento. Es tal cual una madriguera, con un poco de imaginación podrá caer por toboganes sin fin, correr, esconderse, romper cosas y hacer preguntas.

Ella sale a su encuentro, pese a tener ciento sesenta y cinco, tiene apariencia de plena adolescencia en su segundo siglo, con toques de niña de diez años. Alguna pata de gallo le asoma por el rabillo del ojo. Si no fuera por el olor a alcanfor de su vestido azul y alguna puntilla que amarillea de su faldar, parece una muñeca recién desembalada. Esta vez ha combinado el vestido con medias de colores y lleva los zapatos de charol negro, impecables.

Se saludan como si se conociesen de siempre; total, han pasado juntas media vida, mientras una crecía y no la entendía, la otra cambiaba de estantería.

Alicia está sorprendida de la repercusión del cuento, siendo que hace ya ciento cincuenta y cinco años que Lewis Carrol lo publicara. El pasar del tiempo la ha convertido en más cautelosa y menos inocente.

Es la hora del té, hace un día soleado. Las dos juntas preparan la mesa redonda del jardín con un mantel victoriano, tazas de porcelana y cubiertos de plata. Mientras conversan ven sus caras reflejadas en el azucarero, al ser de acero hace de espejo. Si se acercan se hacen grandes, cuando ríen y se alejan se hacen pequeñas, alargándose las imágenes como un telescopio.

Al ver el efecto del azucarero, a Alicia le trae el recuerdo de la pócima con una etiqueta que dice Bébeme, “Si me hace crecer podré coger la llave; y si me hace encoger, podré deslizarme bajo la puerta; así que de cualquier manera entraré en el jardín, ¡y no me importa lo que ocurra!”.

Como no hay té sin tarta de manzana, temerosas de los efectos secundarios como el pastel mágico del cuento, lo toman a cachitos pequeños, en la historia crece tanto que toca el techo con su cabeza. Están en el jardín, pero si se da el caso, llegarán al tejado y podrán aprovechar para deshollinar la chimenea.

-Alicia, ¿cuéntame cómo conociste a Carrol?

– Jugaba con mis dos hermanas, cerca de la Universidad de Oxford, Carrol siempre estaba en la biblioteca, las ventanas daban al jardín. Yo tenía diez años. Él era un tipo extraño y reprimido.

– ¿Qué hacía siempre allí?

– Era profesor. Siempre que nos disfrazábamos nos hacía fotos. Un día nos contó una historia y le pedimos que nos la escribiera y así se creó el cuento.

– Yo nunca lo he entendido. No tiene moraleja y me transmite sensación de anarquía. Es para niños, pero tiene un contenido profundo, lleno de códigos ocultos y frases insólitas. Cada vez que lo leo saco una nueva visión de la historia. Una niña perdida en un mundo absurdo. El dolor y los peligros de crecer. Incluso, Alicia como símbolo de la madre del autor y su complejo de Edipo.

– Si quieres profundizamos y te explico mis conclusiones a lo largo de estos años.

– Me harías un gran favor.  A ver si logro entender algo.

– El país de las maravillas está lleno de personajes que cambian de forma. El  sonriente Gato de Cheshire, cuya sonrisa persiste incluso cuando su cuerpo ha desaparecido.

– Como en los sueños, los objetos se transforman, adquieren nuevas identidades.

– Lo has entendido, el cerebro consolida nuestra memoria mientras dormimos. Afianzamos los recuerdos vinculándolos con otros sucesos para crear la historia de nuestra vida.

-Y Humpty Dumpty? Y el poema Jabberwocky. – Le recita el poema.

“Brillaba, brumeando negro, el sol;

agiliscosos giroscaban los limazones

banerrando por las váparas lejanas;

mimosos se fruncían los borogobios

mientras el momio rantas murgiflaba”.

-Si. Muy bonito pero difícil de entender. Ja ja¡. Carrol quiso demostrar que el significado y la gramática se procesan de forma separada en nuestro cerebro.

– Y la Reina Blanca y ¿el viaje mental en el tiempo? La reina me desconcierta.

– La Reina tiene una extraña capacidad de previsión. La memoria no sólo tiene que ver con el pasado, sino que también ayuda a actuar de forma apropiada en el futuro. Imaginamos el futuro tirando de nuestros recuerdos y uniéndolos en un montaje que podría representar un nuevo escenario. Es un “viaje mental”. Si no puedes recordar un pasado, tienes problemas para pensar en futuro. Te puedes ver atrapado en un eterno presente.

– Pero la Reina, ¿si tenía memoria? ¿O no?

– Es un tipo de memoria muy pobre la que sólo funciona hacia atrás. La Reina ensalza las virtudes de pensar en lo imposible.

– Pues yo estoy continuamente pensando en lo imposible, debo tener un porrón de virtudes.

El jardín se llena de risotadas haciendo eco en los cipreses. Descubren una sonrisa sin cuerpo que huye sigilosamente entre los setos de boj. Los naipes en procesión se lanzan a la madriguera de Bella, desapareciendo como un espectáculo de serpentín. Carrol las estaba escuchando y fotografiando desde el tejado.

Alicia cachito a cachito de tarta de manzana, se ha pasado con la dosis y ha aumentado su tamaño, permitiéndole llegar hasta Carrol, se despide con un beso y con cuatro zancadas traspasa los muros que rodean la urbanización. Por debajo de la mesa, arrastrando el mantel, llevándose por delante la porcelana y la plata, sale el conejo blanco, sacudiendo el reloj de bolsillo y gritando «¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!».

Se ha descubierto que enfrentar nuestras expectativas a un mundo extraño y a unas historias fantásticas empuja a nuestro cerebro a ser más flexible, lo que, a su vez, nos hace más creativos y hace que aprendamos más de prisa.

Así que, si sientes que tu cerebro se estira, puede que no haya mejor solución para ello que pasar una tarde con Alicia.

Todos podemos aprender algo de nosotros mismos de Alicia en el país de las Maravillas.

Maravillas…QUIERO MÁS.