EL CUARTO REY MAGO (CUENTO DE NAVIDAD – FIN)

Entre todos prepararon la mesa al llegar a casa, mantel rojo, cristalería de Bohemia, cubiertos de plata y vajilla de porcelana.

A la cena acudiría un invitado especial, Juan Ramón Jiménez; aprovecharía para celebrar su cumpleaños y contar anécdotas de su amistad con Joaquín Sorolla, de las charlas que mantuvieron cuando lo retrataba, de cómo dominaba el pincel, los colores y la luz; de la gran amistad que tenía con Vicente Blasco Ibáñez y la pasión de ambos por el mar, inspiración para pintar uno y escribir el otro.  Él en su día también estudió Bellas Artes les contaba, pero luego descubrió que escribiendo podía “pintar con el alma” y le cautivó el poder de la palabra.

Platero, Pepito y Pinocho devoraban los gambones, langostinos, el pavo relleno… Mientras ella le iba contando a Juan Ramón los platos típicos que se preparaban esos días en la Comunidad Valenciana. Después del postre no podían faltar los pastelitos de boniato, toda la gama de turrones de Xixona, peladillas de Casinos y pilotas dulces, de almendra y canela. Todo con cava de Requena y mistela.

Como en toda Nochebuena, esperaban ansiosos la llegada de Papá Noel. Los días previos entre todos habían escrito una carta muy sencilla. Llegaron al acuerdo de pedir una sola cosa, algo que les hiciera falta, fuera útil, que no ocupase espacio, sin cables, no recargable, que no caducara en vida…

La carta decía:

“Querido Papá Noel:

                                                               Por unanimidad te pedimos “TIEMPO”

                               Firmado: Pinocho y Pepito Grillo

                               P.D: “…Y florecillas”.

                               Firmado: Platero.

Papá Noel esa noche les concedió TIEMPO; era tan fácil lo que pedían. Tiempo para estar juntos, para jugar, reír, escribir, dibujar, estar en familia, con amigos, para perdonar, para regar el jardín y creciesen tréboles y florecillas. TIEMPO para ser conscientes del tiempo.

Les dejó también un saco con regalos y una carta, donde decía que, por la afición a la escritura y la lectura, les hacía llegar una tradición; sí.  Jólabókaflóô (inundación de libros), la tradición islandesa de regalar libros en Nochebuena. Cenar en familia, regalar y recibir libros, TIEMPO y leer… ¡Qué más se puede pedir!

Una vez más al acabar la cena se sentaron junto a la chimenea y comenzaron con las lecturas de los libros y cuentos que contenía aquel saco.

Juan Ramón extrajo un libro al azar “Artabán el cuarto Rey Mago”.

A ella se le abrieron los ojos como platos, y el corazón le comenzó a palpitar a ritmo de júbilo y exaltación. Recordaba aquel libro de niña que le regaló uno de sus hermanos, Artabán llegó a ser su rey favorito, al que le pedía cosas no materiales, de las que no se pueden contar con uno, dos, tres, cuatro… las pedía en secreto; le pedía todo aquello que se cuenta así… ”¿recuerdas cuándo…?”. Leyó tantas veces aquel libro que lo llegó a memorizar y aún puede decir al pie de la letra como empieza tan bella historia. Comenzó a leerlo en voz alta para todos, mientras su voz se aniñaba, se endulzaba y su pulso se emocionaba:

“Artabán vivía en la ciudad de Ecbatana, entre las montañas de Persia, cuyo estudio de los planetas y las estrellas le llevó a predecir el nacimiento de un niño que sería Rey de Reyes.

Era un hombre de gran riqueza, gran aprendizaje y gran fe. Se preparó para el gran viaje, vendió sus posesiones y compró tres joyas, un rubí más rojo que un rayo de sol, un zafiro azul como un fragmento del cielo nocturno y una perla tan pura como una montaña nevada en el crepúsculo. Tres joyas para llevarlas al nuevo Rey.

Una noche el cielo estaba muy despejado, Júpiter y Saturno se arremolinaron como gotas de fuego a punto de mezclarse en uno, mientras Artabán los observaba, una chispa azul acero nació de la oscuridad que había debajo, se redondeaba con esplendor púrpura a una esfera carmesí y ascendía a través de rayos de azafrán y naranja hasta un punto de resplandor blanco.

Diminuto e infinitamente remoto, pero perfecto en cada parte, latía en la enorme bóveda como si las tres joyas en el cinturón de Artabán se hubieran mezclado y se hubieran transformado en un corazón vivo de luz.

Él inclinó la cabeza.

Se cubrió la frente con las manos.

“Es el signo. El rey viene, y yo iré a su encuentro”.

Ya sabía Artabán lo que tenía que hacer al ver la señal.

“Si aparece la estrella, los otros reyes magos me esperarán diez días, luego nos iremos todos a Jerusalén”.

Artabán junto con Melchor, Gaspar y Baltasar, habían hecho planes para reunirse en Borsippa, una antigua ciudad de Mesopotamia desde donde iniciarían el viaje que los llevaría hasta Belén para adorar al Mesías.

Cuando viajaba hacia el punto de reunión encontró en su camino a un anciano enfermo, cansado y sin dinero. Artabán se vio envuelto en un dilema por ayudar a este hombre o continuar su camino para encontrarse con los otros reyes. Obedeciendo a su noble corazón, decidió ayudar a aquel anciano. Como consecuencia, al llegar al punto de reunión, no encontró más a sus tres compañeros de viaje.

Continuó su camino en soledad, a cada paso que daba se entretuvo en ayudar a quien lo necesitaba. Sacrificó sus joyas alimentando, vistiendo y salvando vidas. Cuando llegó a Judea, no encontró ni a los Reyes ni al Redentor, sino a los soldados de Herodes siendo muy crueles con los recién nacidos. Artabán le ofrece un rubí al soldado a cambio de la vida de uno de los niños, pero es apresado y encerrado bajo llave en el palacio de Jerusalén.

Treinta y tres años después el viejo y cansado Artabán llegó por fin a donde los rumores le habían llevado en su larga búsqueda por Jesús. La gente se reunía en torno al monte Gólgota. Artabán no tenía duda en su corazón, aquel hombre era quién había estado buscando durante todos esos años.

Un tranquilo resplandor de asombro y alegría iluminó el rostro de Artabán mientras un largo y último aliento exhalaba suavemente de sus labios”.

Tardó TIEMPO y llegó a TIEMPO.

¡Queridos reyes Magos, TIEMPO…QUIERO MÁS!