EL RETO VI

Capítulo anterior:

Se alejaron de prisa, y lo último que vio Silvia, fue el vestido de la joven, agitándose al viento mientras galopaba con Alasan”.

Capítulo de Yineth Santillana:

Cabalgamos tanto tiempo, que perdimos la noción del mismo. Abdanadak, va con la mirada fija; dando la sensación de que nada lo hará desviarse de su propósito. Por mi parte, no había dejado de gritarle y azotar su espalda al inicio del trayecto, hasta que me cansé. Estoy que no puedo más, las fuerzas ya no me dan.

Siento el trote firme de la bestia que poco a poco me despierta. Doy una sacudida a mi cuerpo.

―¿Me encuentro sobre la espalda de este hombre? ―digo susurrando exaltada.

Él continúa como si no me hubiese sentido. Ha cabalgado toda la noche y ya está amaneciendo. Ni siquiera se le nota cansancio, está enérgico como anoche. No sé si alentarme o asustarme aún más. De momento, llegamos a una pequeña fuente y paramos. El sol empieza a despuntar.

Baja del caballo, me toma de la cintura y al vuelo, me coloca en el suelo. Su prioridad es llevar a abrevar a su caballo. Sé que trata de ignorarme, así que aprovecho y me lanzo con la pregunta.

―¿Quién es ese o esa Abalessa? ―pregunto sin más, parándome al frente.

―No es quién sino qué ―responde de la misma manera―. Primero, tomaremos agua y luego iniciamos el trayecto.

Miro el agua cristalina del lugar y no puedo evitar acercarme. Me descubro el rostro y complacida, acerco la deliciosa agua a mi boca. Aprovecho para tomar un tiempo y refrescarme el cabello y el cuello delicadamente, y mientras hago esto, siendo la mirada de este hombre sobre mí. Volteo, y en efecto, me está observando, pero retira la vista de inmediato. Me siento invadida en mi privacidad. Ah, pero, ¡claro! Desde que estoy con esta gente, no ha sido de otra manera.

Lo curioso, es que siento que Abdanadak se turbó… O sólo es mi impresión. Ya no estoy cómoda, así que tomo más agua y me levanto. Él continúa bebiendo agua calmadamente. A decir verdad, sus facciones se notan más relajadas, y… ¡por Dios Santo!, ¡Interesantes! ¿Pero qué barbaridad pienso?

―¿Qué clase de lugar es ese? ―pregunto de mala gana, creo, que más bien por lo que acabo de pensar, que por cómo está él, pues aún está bebiendo.

―La clase de lugar donde encontrarás tu destino ―indica, parándose y clavando su mirada en mí―. No me ando con rodeos como Alasan, en ello, somos muy distintos.

―Entonces… ¿me dirás lo que te pregunte? ―digo, sosteniendo su mirada.

―Te lo diré de una vez… ―acercándose, con el ceño fruncido y al punto de estar muy cerca de mí―. Vamos allá a buscar la espada Takouba y a hablar con Mounir, el padre de Kahina. Él te ayudará a encontrar tu “esencia”, como descendiente de Tin Hinan, una guerrera antigua.

―¿Descendiente de quién? ―le digo, entrecerrando los ojos y con las manos en la cintura―. Pero, ¿qué estupideces estás diciendo?

―Justo por tu actitud es que Alasan cree que es cierto ―acercando más su rostro al mío y siendo muy escueto―. Mi hermano es más aferrado a profecías, yo, prefiero hacer frente y pelear por nuestro pueblo. No necesitamos la ayuda de ninguna “guerrera” que venga a socorrernos. Sólo eres una chica “moderna”, que no respeta leyes ni tradiciones, y se faja de actitudes infantiles menospreciando a otros, mientras mi pueblo aún está en riesgo. Si por mí fuese, ¡yo mismo empuñaría esa espada y la asentaría sobre nuestros enemigos!

Quedé turbada en extremo, totalmente desarmada con sus palabras. Pude sentir el dolor en el corazón de Abdanadak por su pueblo. Sé que eso fue lo que más perturbó mi corazón; la verdadera preocupación de un hombre por salvar a su tribu del peligro que se les avecinaba.

―¡Cúbrete! ―separándose de mí y acercándose al caballo―. Debemos partir.

Mi aturdimiento, casi no me deja reaccionar. Cubro mi cabeza, y observo cómo prepara el animal.

―De verdad no entiendo nada de lo que pasa en este lugar ―digo, aclarándome la voz, vacilante―. No sé cuál es mi papel en todo esto, pero… si algo depende de mí ―acercándome hacia él y tocando su hombro―… haré lo que esté a mi alcance.

Voltea hacia mí. Su ceño está relajado, como si se hubiese despojado de un gran peso al revelarme su posición.

―Vamos― tomando mi mano―. El tiempo se acorta.

AUTORA: Yineth Santillana.